Tardeanochecer

 

No me atrevo a tocar con las manos los vencejos que, como guadañas blandas y negras, aletean impedidos en el suelo de casa. Entran de noche, como una extraña premonición. Son medialunas caídas, lustrosas, mudas. Recojo los pájaros como un inexplicable aluvión de polvo y los vacío por la ventana.

Luego, me creo que al fin duermo como un bendito.

La hermana Abyriyati tiene una presencia menuda. Sentado junto a ella, casi puedo rozarle un hombro con mi codo, pero se me figura intangible, envuelta en esas túnicas blancas con ribetes azules que viste la caridad con los más pobres. Me sonríe con una boca y unos labios anchísimos porque le he ofrecido un misal. Su tez oscura es un sol negro amaneciendo en este planeta de sombras claras y luces desvaídas. Oigo entonar el tedeum en esta catedral nueva a rebosar. Estoy sudando a mares.

Las hojas del sauce tamizan el cielo de julio. Noto en mi espalda el rumor de la tierra que medita. Tengo ojos multiplicados, brazos como raíces, corazón de bosque. Envidio la solidez de los muros que conserva fresco el conticinio de tres siglos humanos. Lejos, muy lejos, en el reverso de los días.

En las noches extenuadas, luego de saciar la sed con una nubecilla de limón exprimida en el agua, me entrego a los pensamientos que se mecen en la quietud. El cielo presenta un tono casi rojizo, acaloramientos de una ciudad que sigue sin saber vivir su verano. Huele a pólvora. Siempre hay alguien que disfruta rompiendo las cosas frágiles.

Cuando salía en ciclomotor en dirección a la catedral, no me crucé con ningún coche. La carretera oscilaba en la tarde pesada y lisa como una enorme figura geométrica. Quise consultar el reloj de un vistazo, pero mi muñeca estaba desnuda.

Mi mejor amigo, el mayor poeta, se estaba muriendo en ese instante.

Lo supe luego porque no fui capaz de leer el último capítulo del libro de las noches quietas y porque había oído demasiado tarde en mi vida el primer tedeum. Después, el coro de jadeos, el chirriar de columpio, el rumor cansino de vecindario, sus toses y sus risas en los balcones, el incívico bongo, la decadente verbena, el camión de la basura.

A eso de las ocho de la tarde empieza a amanecer.

Qué extraña y triste noche en vela nos espera.

Alex Holgado